La Democracia humanitarista española de la década de 1830 [III. La Tradición republicana jacobina]

La mayor parte de los movimientos revolucionarios populares europeos de las décadas de 1830 y 1840 se articularon a partir de culturas políticas de la tradición jacobina, que parte de la Gran Revolución Francesa, especialmente del período de la Convención republicana. Interconectados entre sí, el socialismo jacobino francés, el nacionalismo democrático mazziniano, el neocarbonarismo, los neojacobinismos de tradición babuvista –cuyo máximo exponente fue el Blanquismo– y el neojacobinismo español del Trienio Esparterista conformaron la tradición cultural que, junto a la cultura radical y el movimiento obrero británicos, caracterizó el núcleo central de la cultura política popular revolucionaria europea de la Época romántica.

Jean-Jacques Rousseau

La genealogía conceptual de buena parte de las categorías de esta tradición cultural –voluntad general, delegación-representación, soberanía popular, bien común, contrato social, Estado social del Pueblo, etc.– hunde sus raíces en el axioma, sentado por J.-J. Rousseau, de que el contrato social genera el Estado civil y con él todo el derecho humano y la propia existencia de la comunidad o cuerpo político, que denomina República y a sus integrantes Pueblo (Rubio, 1990 y 2000; Aguiar, 1977; Duso, 2004; Held, 2001; Giner, 1987).

Dado que ningún hombre tiene una autoridad natural sobre sus semejantes, y puesto que la naturaleza no produce derecho alguno, quedan, pues, las convenciones como la base de toda autoridad legítima entre los hombres”.

(Rousseau, 1995, p. 54)

El derecho, por el que habría de regirse la comunidad política, emanaba de esa primera convención que es el contrato social: “la enajenación total de cada asociado con todos sus derechos a toda la comunidad”, lo que, a pesar de que parezca una dominación del individuo por el Estado, para Rousseau no implicaba tal porque “al darse cada uno a todos, no se da a nadie” (Rousseau, 1995, pp. 58-60). Legislación exclusivamente positiva y autoridad absoluta son los caracteres del Estado civil rousseauniano, cuya soberanía es radicalmente popular colectiva, inalienable, indivisible e irrepresentable, lo que matiza notablemente el carácter absoluto de la autoridad democrática, ya que, por un lado, su carácter es el de mero delegado temporal del Pueblo –revocable por el propio Pueblo– y, por otro lado, sólo será legitima si gobierna de acuerdo con la voluntad general tendente siempre al bien común. Lucien Jaume (1990, p. 42) remarca el hecho de que esta concepción rousseauniana de la soberanía sería extraña a la tradición republicana anterior y constituiría, más bien, una republicanización de la teoría de la soberanía de Bodino

Para Rousseau, la voluntad general no equivale a la voluntad de la mayoría, ni siquiera a la suma de las voluntades de todos los ciudadanos, sino que equivale a la voluntad colectiva del cuerpo político o comunidad que –por su carácter comunitario– se dirige siempre hacia el bien común. A partir de estos planteamientos surge una tradición republicana que entiende la Democracia como el bien común –y no como la voluntad de la mayoría– y que gira en torno a la idea de espíritu social que, surgido del contrato social, convierte la noción de República democrática en República democrática y social o Estado social del Pueblo. Su gobierno se encaminará siempre hacia el interés público de una manera completamente unívoca, con lo que se cierra la puerta al pluralismo y a la existencia de partidos políticos que integren y canalicen hacia el sistema político los intereses parciales o grupales. En el Estado social rousseauniano, como ocurrió en la Democracia social jacobina del año II, no cabían las voluntades parciales en la gestión de lo público, ya que la voluntad general, como la soberanía, era unívoca e indivisible.

Sobre esta tradición teórica democrática se construyó, en relación dialéctica con la realidad social concreta del momento, el aparato institucional jacobino del gobierno revolucionario y del comité de salvación pública, del mismo modo que su proclamación del derecho a la existencia como primera ley social (Álvarez y Gilolmo, 1970) –en la Declaración de derechos de 1793– se enraizó en la noción rousseauniana de igualdad social, la cual, emanada del contrato social, es concebida como igualdad de independencia política y socio-económica de todos los ciudadanos para contribuir libremente a la manifestación de la voluntad general y al correcto funcionamiento del gobierno del bien común. Con ello, la propiedad material de lo necesario para subsistir por parte de cada ciudadano se convierte en un objetivo prioritario para todo el republicanismo popular decimonónico, abriéndose la puerta a la legislabilidad de la propiedad por la comunidad.

La economía dirigida, el terror, la descristianización y la fiesta revolucionaria fueron probablemente los asuntos concretos más relevantes del gobierno revolucionario jacobino, que pasará a formar parte –como el 93– de la mitología de la cultura política popular revolucionaria del siglo XIX (Hunt, 1984; Soboul, 1987; Guerin, 1974). La relectura jacobina de los conceptos rousseaunianos de voluntad general, bien común, igualdad o Estado social, junto a sus aportaciones en torno a la sociabilidad y a la movilización popular, fueron claves para la formación de la cultura política que predominará claramente en los movimientos republicanos populares de toda la primera mitad del siglo XIX y que se prolongará, en algunos movimientos, durante toda su segunda mitad.

Según Soboul, el club parisino de los Jacobinos –inicialmente un marco plural de debate y de apoyo a la Asamblea constituyente– tendió a convertirse en una especie de sociedad madre con multitud de filiales o clubes de provincias, que se limitaban cada vez más a ser el brazo ejecutor de la opinión única y de las medidas emanadas de la sociedad madre parisina, dominada durante el gobierno jacobino por el círculo robespierrista:

las sociedades populares estaban contenidas en una vasta red nacional gracias a la afiliación y a la correspondencia. La sociedad madre ha implantado la práctica de los comités restringidos que fijan la doctrina, precisan la línea, la concretan mediante consignas sencillas y eficaces en las que pueden coincidir y actuar todos los que sostienen la acción revolucionaria”.

(Soboul, 1987, pp. 324-326)

Sello del Club de los Jacobinos

A pesar de ello, el jacobinismo fue capaz de generar una cultura organizativa, una forma de sociabilidad y de movilización populares, que será característica de los movimientos republicano-democráticos durante todo el siglo XIX. Los movimientos populares republicanos crearán –sobre la base del club como núcleo de enculturación, encuadramiento y movilización– sus estructuras organizativas con carácter masivo, con presencia en todo el Estado y con un organismo central coordinador o dirigente, prolongando así unas prácticas asociativas que darán lugar a los partidos populares de masas.

Otro aspecto clave de la cultura jacobina –para el republicanismo europeo decimonónico– fue que no revolucionó la estructura estatal heredada del absolutismo, sino que, debido a sus necesidades para afrontar la guerra y a su peculiar concepción de la representación política, asumió acríticamente la tradición centralizadora y burocratizadora proveniente del absolutismo monárquico francés desde Luis XIV. Así, el absolutismo rousseauniano de la voluntad general fue la tradición conceptual de la que el jacobinismo se valió para, de acuerdo a la coyuntura concreta y a la estructura de poder heredada, generar una tradición republicana centralizadora y absolutista, de la que, a la postre, emanó la dictadura revolucionaria del Comité de Salvación Pública.

Además, debido a la primacía absoluta del concepto de voluntad general en el discurso jacobino, la legitimidad de todo gobierno democrático e incluso de los representantes políticos no emanaba primariamente del sufragio universal, sino de una fuerza moral superior que algunos individuos poseían para encarnar la virtud del Pueblo y, por ello, para guiarle en la búsqueda y consecución del bien común.

De este modo, los jacobinos –y con ellos buena parte de los republicanos europeos del siglo XIX–, al arrogarse el conocimiento y defensa de la voluntad general y del bien común, además de la virtud popular, personificada en el incorruptible Robespierre, se auto-erigieron en los representantesauténticos y legítimos del Pueblo y en los salvadores de lo público frente a los usurpadores. Esto los llevó, por un lado, a crear conceptualmente el principio de sustitución que habilita a una vanguardia revolucionaria para sustituir al Pueblo mediante comités de salvación pública y, por otro lado, a fundamentar teóricamente y desarrollar prácticamente las purgas de todos aquellos que tratasen de ocupar el gobierno en pro de sus intereses parciales y no generales.

Lucien Jaume (1990, p. 47) afirma que, respecto a la tradición centralizadora absolutista, “se da en esto, a todas luces, una concordancia no debida al azar, sino a la continuidad: centralización, concepto unilateral de la autoridad y, sobre todo, culto a una unidad sin fallas … el gobierno jacobino tenía la secreta tentación de engarzarse en unos hábitos y en una imagen anterior de Estado, revestida con la doctrina de salvación pública”. De este modo, la tradición conceptual rousseauniana –la secreta tentación de la que habla Jaume–, la estructura política existente y la coyuntura histórica concreta constituyeron los principales referentes conceptuales y materiales conformadores de la cultura jacobina como cultura política que gira en torno a la Democracia del bien común –y no en torno a la Democracia del sufragio universal–, constituyendo auténticas ruedas de molino con las que no podrá comulgar buena parte del republicanismo de la Monarquía de Orleans en Francia y de la Época Isabelina en España. De estos sectores procederán los primeros impulsos para la redefinición, tras 1848, de la tradición republicano-democrática jacobina, deconstruyendo la mayor parte del bagaje jacobino, conformando las premisas de la futura democracia pluralista moderna y creando un parteaguas cultural básico del que se articularán culturas políticas republicanas diferenciadas.

Tras la Revolución de 1830, la monarquía constitucional de Luis Felipe de Orleans, aunque era censitaria, generó una maduración importante de la sociedad francesa debido a su régimen de libertades relativas, especialmente entre 1830 y 1834, y a su permisividad con el movimiento popular desde 1840. Ello ayudó a que se produjese una paulatina rehabilitación de la República, aumentase la importancia de la prensa popular de oposición, se desarrollasen públicamente las escuelas de pensamiento socialista y, sobre todo, se estableciese un importante asociacionismo popular republicano.

Tras 1830, el republicanismo francés tenía dos tendencias diferenciadas. Por un lado, una fracción moderada (H. Carnot, Bastide, Cavaignac…) que militaba, junto a Guizot y otros doctrinarios, en la sociedad Aide-toi, le ciel t’aidera y cuyo objetivo era el desarrollo de los principios revolucionarios de 1830. Por otro lado, una fracción radical que, en torno primero a la Societè des Amis du Peuple y después en la Societè des Droits de L’Homme et du Citoyen, se dotó de una organización asociativa básica, conformando un Partido Popular de oposición con clara adscripción robespierrista y en el que se integró ese primer socialismo democrático (González, 1989; Weill, 1980; Agulhon, 1989; Berstein, 1999).

Hacia el nuevo movimiento republicano radical francés convergieron  progresivamente los republicanos jacobinos, las clases populares asociadas en cooperativas y demás formas de asociacionismo popular, los socialistas utópicos fourieristas, cabetianos y sansimonianos disidentes, así como los literatos y artistas con preocupaciones sociales, dando lugar al magma cultural de la Democracia humanitarista, del que saldrá el espíritu quarante-huitard y el primer socialismo democrático republicano de Louis Blanc, Pierre Leroux o Víctor Considerant.

Román Miguel González.

Texto basado en mis trabajos:

La Pasión Revolucionaria. Culturas políticas republicanas y movilización popular en la España del siglo XIX. Madrid, 2007, pp. 68-102.

“Las concepciones de la representación política en la Democracia republicana española del siglo XIX” en SIERRA, M.; ZURITA, R. y PEÑA, M. A. (Eds.): La representación política en la España liberal, dossier de la revista Ayer. Revista de Historia contemporánea, 61 (2006), páginas: 139-162.

“Los Tribunos del Pueblo. La tradición jacobina del republicanismo histórico español” en SUÁREZ CORTINA, M. (Ed.): Utopías, quimeras y desencantos. El universo utópico en la España liberal. Santander, 2008, páginas 159-190.

Fuentes primarias.

ROUSSEAU, J. J. (1995). El Contrato Social. (1762). Madrid.

Fuentes secundarias.

AGUIAR DE LUQUE, L. (1977). Democracia directa y Estado constitucional. Madrid.

AGULHON, M. (1989). “A propos de ‘Neo-Robespierrisme’: quelques visages de ‘Jacobins’ sous Louis-Philippe” en FURET, F. y OZOUF, M. (ed.): The French Revolution and the creation of Modern political culture. Volume 3: The Transformation of Political Culture, 1789-1848. París.

ALVAREZ JUNCO, J. y GILOLMO, E. (1970). Los jacobinos. Madrid.

BERSTEIN, S. (1999). Les cultures politiques en France. Paris.

DUSO, G. (2004). “Génesis y lógica de la representación política” en Fundamentos. Cuadernos monográficos de Teoría del Estado, Derecho público e Historia constitucional, 3, pp. 44-49.

GINER, S. (1987). Historia del pensamiento social. Barcelona.

GONZÁLEZ AMUCHASTEGUI, J. (1990). Luis Blanc y los orígenes del socialismo democrático. Madrid.

GUERIN, D. (1974). La lucha de clases en el apogeo de la Revolución Francesa, 1793-1795. Madrid.

HELD, D. (2001). Modelos de Democracia. Madrid.

HUNT, L. (1984). Politics, Culture, and Class in the French Revolution. University of California Press.

JAUME, L. (1990). El jacobinismo y el Estado moderno. Madrid.

MASTELLONE, S. (1990). Historia de la Democracia en Europa. De Montesquieu a Kelsen. Madrid.

RUBIO CARRACEDO, J. (1990). ¿Democracia o Representación? Poder y Legitimidad en Rousseau. Madrid.

RUBIO CARRACEDO, J. (2000). “Rousseau y la Democracia republicana” en Revista de Estudios Políticos, 108, pp. 245-270.

SOBOUL, A. (1987). La Revolución Francesa. Principios ideológicos y protagonistas colectivos. Barcelona.

WEILL, G. (1980). Histoire du Parti Rèpublicain en France, 1814-1870. París.

La Democracia humanitarista española de la década de 1830 [II. Tocqueville y la tradición republicana demoliberal]

Tanto David Held (2001, pp. 75-82) como Salvo Mastellone (1990, pp. 3-18) prestan especial atención, al analizar el pensamiento republicano del siglo XVIII, a Rousseau y a Montesquieu, ya que sus pensamientos darían lugar, en las décadas siguientes, a dos tradiciones republicanas marcadamente diferentes: de Rousseau beberán directamente los jacobinos, enrages, hebertistas… para generar, a través de una sociabilidad peculiar, una cultura republicana popular revolucionaria; mientras que de la lectura que Montesquieu hizo del constitucionalismo inglés bebieron J. Madison y los otros pensadores norteamericanos de The Federalist (Held, 2001, pp. 104-116), auténticos padres fundadores de la Democracia americana que, ya entrado el siglo XIX, Tocqueville estudió, admiró y, lo que es más importante, promocionó ingentemente en la Europa del segundo tercio del siglo.

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Novedades en la sección de “Publicaciones”.

Disponible, para consulta y descarga, el texto MIGUEL GONZÁLEZ, R.: “Eric J. Hobsbawm, la Historia desde abajo y el análisis de los agentes históricos”, en Rubrica Contemporanea, vol. 2, nº 4 (2013), pp. 5-22.

La Democracia humanitarista española de la década de 1830 [I. El nuevo magma cultural]

Entre 1833 y 1868 se produjo en España la formación de marcos simbólico-culturales revolucionarios y populares alternativos a los que habían articulado los partidos liberales (Progresista, Moderado, Unión Liberal) que, desde las nuevas instituciones posrevolucionarias, sentaron las bases del Estado moderno liberal-burgués, de la economía de mercado capitalista y de la sociedad de clases.

La construcción de un imaginario revolucionario alternativo tuvo dos momentos claramente diferenciados, cuyo punto de inflexión fue la Revolución de 1848. Hasta ese momento, lo que se produjo fue la asimilación del nuevo lenguaje (conceptos, imaginarios sociales, metanarrativas…) propio de la Democracia humanitarista francesa de la Monarquía de Luis Felipe de Orleans. El concepto Humanidad experimentó un desplazamiento semántico por el que dejó de ser su significado principal la calidad moral que define a cada miembro de la especie, pasando a ser prioritario su significado definidor de la especie humana en su conjunto. A partir de este significado de Humanidad surge el calificativo de humanitario o humanitarista para designar a todo lo que plantea como valor supremo la realización final y providencial del género humano.

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¡Volvemos!

“Nadie se ha atrevido aún a reclamar el legado de Espartero” ha afirmado recientemente Adrian Shubert en una entrevista de presentación y promoción de su biografía sobre el general revolucionario Baldomero Espartero. La cita me ha hecho recordar una idea que, en mis años de investigador postdoctoral en Italia (2008-2010), constituía uno de los ejes básicos hacia los que yo pretendía dirigir mis esfuerzos en los años siguientes. Tras más de una década de reconstrucción histórica de los movimientos revolucionarios populares del siglo XIX, estaba convencido de que en ese ámbito popular de movilización social y de efervescencia cultural revolucionaria se habían producido determinantes desarrollos teóricos, e incluso prácticos, en cuanto a la implantación y promoción consciente de una serie de culturas democráticas republicanas en España. Sigue leyendo