El debate sobre el republicanismo histórico español y las culturas políticas. (02)

[Continuación del artículo “El debate sobre el republicanismo histórico español y las culturas políticas” publicado en Historia Social, 69 (2011)]

1. El Demo-republicanismo de la Época Isabelina: reflexión crítica sobre la investigación de Florencia Peyrou.

          En sus respectivos trabajos, tanto Javier De Diego como Florencia Peyrou han llegado a la conclusión de que el fenómeno republicano histórico se caracterizó por la unidad cultural constituyendo un único movimiento que, aunque con cierta heterogeneidad interna, se caracterizó por poseer una única cultura política (5), lo que parece situar sus investigaciones, en base a la terminología analítica que utilizan, en el marco del nuevo de análisis de la construcción cultural de los agentes históricos. Como veremos, en ninguno de los dos casos es así, pero, a diferencia de Javier De Diego, Florencia Peyrou no realiza una verdadera reflexión o exposición de planteamientos teórico-metodológicos. En ningún momento lleva a cabo una reflexión teórica apegada a su objeto de estudio, ni explica por qué ha elegido un enfoque concreto de análisis. Ello se debe a que los trabajos de Florencia Peyrou carecen de una perspectiva reflexiva y adoptan, de forma probablemente bastante inconsciente, una serie de categorías teóricas e interpretativas y un conjunto de prácticas analíticas –además de los parámetros que definen sus objetivos historiográficos y de los sesgos apriorísticos que lo lastran– tomados del sentido común tradicional que durante décadas ha estructurado los enfoques, análisis e interpretaciones de una parte de la historiografía política y cultural española del siglo XIX, especialmente la referente al fenómeno republicano histórico (6).

        Por ello, a la hora de ejercer la crítica sobre el trabajo de Peyrou, el historiador que adopta una perspectiva reflexiva se ve obligado a desconstruir su enfoque y su desarrollo metodológico-analítico concreto como punto de partida ineludible para poder entablar una confrontación sinérgica o dialéctica en el terreno de las interpretaciones. En realidad, lo deseable sería que, como tratamos de realizar De Diego o yo mismo en nuestros respectivos trabajos, cada autor explicitase sus parámetros teórico-metodológicos para facilitar la comprensión por parte de los demás autores y, por ello, para facilitar el debate científico-histórico.

         En muchas ocasiones, como es el caso de Peyrou, la adopción del sentido común establecido dota de anclajes aparentemente fuertes y obvios, convirtiendo de facto en innecesaria la reflexión teórica de partida. ¿Para qué reflexionar teóricamente sobre la articulación discursivo-cultural de los agentes históricos y sobre cómo desarrollar una práctica analítica que permita dar cuenta de ello, si ya tienes de antemano al agente histórico elegido y bien definido conforme a lo que numerosos historiadores anteriores han escrito al respecto? ¿Para qué reflexionar sobre las nuevas nociones y formas de análisis del lenguaje y el discurso, si metodológicamente vas a basar tu análisis de los conceptos y discursos en la literalidad de las palabras y de las frases expresadas por los agentes históricos? Aunque desarrollarlo todo ello seguramente dará para varios textos, creo necesario realizar ya un análisis bastante general de los parámetros teórico-metodológicos del trabajo historiográfico de Florencia Peyrou, lo que nos llevará a realizar también una primera aproximación crítica a sus interpretaciones. Comenzaremos por los que considero sesgos teórico-metodológicos que sitúan su investigación dentro del paradigma pre-lingüístico y pre-discursivo, lo que nos permitirá reflexionar sobre las limitaciones interpretativas que lastran su investigación.

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1.1. La necesidad de diferenciar entre palabra y concepto.

          Los impulsos renovadores del análisis de los lenguajes, conceptos y discursos han procedido en las últimas décadas de corrientes y disciplinas muy diversas, pero creo que, para lo que pretendo mostrar en este apartado, ha sido Reinhart Koselleck quien, al tratar de fundamentar la autonomía de la Historial Conceptual respecto a la Historia Social, ha mostrado indirectamente la diferencia principal entre la antigua Historia de las ideas –previa al paradigma lingüístico– y la nueva Historia de los conceptos. Para Koselleck es fundamental tener muy presente la diferencia entre palabra y concepto, ya que las palabras o términos pueden permanecer inalterados al tiempo que los conceptos, que designan, se transforman completamente e incluso adquieren polisemia. De este modo, los conceptos se adhieren a las palabras y dependen de ellas para poder ser expresados, pero las palabras no equivalen a los conceptos, ya que éstos se nutren semánticamente también del contexto convirtiéndose en “concentrados de muchos contenidos significativos” (7).

          Dejando por el momento al margen la también necesaria reflexión sobre la formación relacional de los significados –que parte de la noción wittgensteiniana de los juegos del lenguaje– y sobre la necesidad de trascender el análisis lingüístico-discursivo hacia el social, lo que me interesa resaltar en este apartado es que el investigador que pretenda analizar los discursos y conceptos debe, cuando menos, asumir teórica y metodológicamente esa diferenciación entre palabra y concepto para poder trascender analíticamente la literalidad de las palabras y frases expresadas por los sujetos y agentes históricos. Es muy relevante traer a colación estas precisiones teórico-metodológicas porque Florencia Peyrou muestra, en su análisis de lo que denomina discurso demo-republicano y en general siempre que aborda el análisis de conceptos, que no ha asumido esa diferenciación y, por tanto, no consigue trascender la literalidad de las palabras hacia los contenidos semánticos de los conceptos que designan en cada caso.

           Metodológicamente esta cuestión es central para poder interpretar no ya las tramas metanarrativas que subyacen a lo que expresan los agentes, sino incluso para poder comprender adecuadamente lo que están diciendo de forma explícita, por lo que no trascender el análisis literal de las palabras y frases hacia el de los conceptos es uno de los factores que demuestran más claramente la permanencia de un historiador –o de un politólogo, sociólogo, etc.– en el paradigma tradicional que estructuraba la antigua Historia del pensamiento y de las ideas. Esta permanencia es clara en el conjunto de la investigación de Florencia Peyrou y, como veremos, ha marcado decisivamente su interpretación de los discursos y culturas a partir de los que se articularon los agentes históricos españoles de tradición republicana durante el siglo XIX. Se podrían extraer multitud de ejemplos al respecto en torno a conceptos como república, democracia, ciudadanía, derechos y libertades naturales, revolución, emancipación del cuarto estado, asociación, igualdad, etc., pero en este texto solamente haremos hincapié en el de soberanía individual. Al respecto, Peyrou afirma en uno de sus textos más recientes:

“Els demo-republicans coincidien també en la defensa de la sobirania individual, que R. Miguel sembla limitar únicament al cas de Pi i Margall. És cert que aquest publicista portà a terme la reflexió més important i radical sobre aquesta qüestió, tot afirmant que la sobirania del poble era una “pura ficción” i sol.licitant la seua substitució gradual pel contracte individual. Però la defensa de la sobirania de l’individu era compartida, en el mateix moment en què Pi publicava aquestes idees, per la immensa majoria dels sectors democràtics. S’ha esmentat ja quina era l’opinió que en tenia Castelar. A les Corts del Bienni, Ordax Avecilla demanà que “antes de la soberanía nacional” es consignàs la “soberanía individual”, i Francisco García López que es distingís entre “la antigua democracia”, que suposava que la societat atorgava els drets, i la “moderna”, que considerava els drets anteriors i superiors a la societat, pel fet de derivar de l’“estado natural del hombre”. Sixto Cámara, per la seua part, afirmava per les mateixes dates que “el partido democrático cree y proclama la soberanía individual”, en tant que Garrido explicava que la república democràtica recolzava en “la soberanía individual, origen de todo derecho”.” (8)

        Si bien este sesgo tradicional de análisis centrado en la literalidad lastra completamente su interpretación de los discursos y culturas políticas, es todavía más claro el reduccionismo al que lleva a Peyrou cuando lo que trata de demostrar es si existían una o varias culturas políticas republicanas, ya que, al respecto, su método de análisis se basa en la búsqueda en las fuentes de expresiones literales de los mismos términos y frases –dando por sentado a priori que poseen el mismo contenido semántico en todos los casos–, que luego selecciona y expone argumentativamente como prueba de la existencia de un mismo discurso o cultura política de base para todos los autores que utilizan dichos términos y frases. No quiero extenderme en la exposición de los análisis e interpretaciones que he realizado sobre los discursos de tradición republicana, porque ya están recogidos en numerosos trabajos, pero sí que realizaré una breve reflexión partiendo del ejemplo elegido en torno a lo que Peyrou denomina la defensa común de la soberanía individual por parte de, entre otros, demoliberales como Castelar, demosocialistas como Pi y jacobino-socialistas como Cámara.

         El análisis del discurso y de los conceptos, que supera la literalidad de las frases y adopta el nuevo paradigma lingüístico y las metodologías de análisis discursivo, cultural, político y social resultantes, muestra con toda claridad que los significados concretos del concepto de soberanía individual dependen de las relaciones semánticas que mantiene con el resto de conceptos y categorías –como derechos naturales entre otros–  de los discursos en los que se ubican. El resultado es que no sólo es diferente lo que, en el seno de lo que Peyrou denomina demo-republicanismo, se entendía por soberanía individual, sino que en ocasiones era incluso opuesto y con efectos muy diversos a la hora de generar identidades, representaciones y prácticas sociales.

          Así, la noción que Castelar y los demoliberales individualistas tenían de los individuos se basaba en una concepción liberal de los derechos y libertades naturales y en una concepción idealista nacionalista de la comunidad de individuos como valor supremo, de lo cual resultaba un imaginario social en el que el individuo y su supuesta autonomía y soberanía individual se subordinaban siempre a la Nación y a su genio colectivo históricamente conformado y plasmado en un Estado sumido en un proceso de desarrollo providencial hacia la Democracia. En este sentido, cuando Castelar y los individualistas hablaban de la soberanía del individuo la estaban subordinando y constriñendo de partida, cuando menos y por este orden, a la voluntad divina –plasmada en el desarrollo providencial del Estado-nación hacia la democracia y en los caracteres inviolables con los que había dotado al genio nacional español– y a la soberanía de la colectividad nacional.

       En el discurso demoliberal, la soberanía del individuo, por tanto, estaba constreñida por designios superiores y, además, su recorrido tampoco podía legítimamente ir más allá del marco fijado por una concepción liberal de los derechos y libertades naturales. Si esto es claro en el análisis de los discursos, lo es más aún cuando pasamos al de las prácticas, ya que, durante la República de 1873, la concepción providencialista de la Nación y su devenir primaron, para los demoliberales individualistas, sobre la soberanía individual –e incluso sobre la colectiva nacional– no sólo en la manera en la que interpretaron las movilizaciones populares y su búsqueda de emancipación individual y autonomía comunal, sino también en el carácter de los parámetros –y en la forma dictatorial en la que los fijaron– con los que quisieron delimitar la nueva legalidad republicana y, sobre todo, en la forma en la que sus prácticas concretas se vieron determinadas para salvaguardar el genio nacional por encima no sólo de las soberanías individuales, sino incluso de la propia soberanía nacional que sostenía la República federal.

        De este modo, para los demoliberales el concepto de soberanía individual ocupaba un lugar muy secundario en su trama narrativa y su significado estaba constreñido y delimitado por otros conceptos y categorías –y él a su vez constreñía el significado de otros conceptos como el de ciudadano–, mientras que en el discurso de los demosocialistas el concepto de soberanía individual constituía, partiendo de la antropología kantiana contenida en la metafísica de las costumbres y en la crítica de la razón práctica, el eje sobre el que se articulaba toda la red discursiva, por lo que no sólo su significado era completamente diverso al de los demoliberales, sino que también lo era su relevancia semántica, ya que constituía una de las categorías más determinantes a la hora de fijar el significado del resto de conceptos del discurso demosocialista.

           Los derechos naturales, que para el grueso de los demoliberales equivalían a la libertad e igualdad jurídico-política y a la inviolabilidad de la persona y su propiedad por parte de los demás o del Estado, constituían por el contrario, para los demosocialistas, la inalienable capacidad de cada individuo para desarrollar en sociedad su autonomía y facultades innatas físicas, morales e intelectuales. Es por ello por lo que, para los demosocialistas, la república no sería, como para los demoliberales, un mero sistema democrático-liberal representativo, sino una federación de comunas jurídica, legislativa y judicialmente autónomas y en las que los individuos pudiesen ejercer armoniosamente sus soberanías y autonomías individuales participando directamente en la gestión y redefinición estructural continua de la colectividad municipal.

       Es precisamente esa diferencia radical en la concepción de la soberanía individual la que motivaba la diferenciación e incluso antagonismo semántico de muchos de los supuestos conceptos comunes a todos los que Peyrou denomina demo-republicanos. Ya hemos visto qué sucedía con los conceptos de república y derechos naturales, pero la diversidad semántica fue tan radical como lo fueron las diferencias en los ejes y tramas metanarrativas que articularon los diversos discursos. Por ello, la diversidad e incluso el antagonismo semánticos atravesaron a la mayor parte de los conceptos, símbolos, estereotipos, representaciones, narraciones… que manejaron los diversos agentes de tradición republicana. Así, por ejemplo, federalismo significaba para los demoliberales la mera descentralización administrativa (porque era necesario salvaguardar la unidad del genio y estado nacionales y porque la primacía simbólica y práctica recaía en la soberanía colectiva nacional), mientras que para los demosocialistas era la forma de denominar al sistema de pactos –e instituciones derivadas– entre individuos y colectividades que, con el tiempo, llegaría a finiquitar las naciones y la propia república y Estado-nación moderno en pro de la anarquía (10).

       Podríamos afinar más el análisis de la diversidad semántica hacia otros conceptos (revolución, ciudadano, democracia, emancipación, etc.) e incluso extender el análisis hacia las concepciones jacobino-socialistas –sobre su eje simbólico maniqueo y providencialista pueblo vs. oligarquía– del individuo, los derechos, la comunidad, la soberanía, etc., pero ya lo he realizado en otros trabajos y, además, creo que queda plenamente demostrada la polisemia conceptual enraizada en discursos diversos y, por ello, la necesidad de desarrollar analíticamente la diferencia entre palabra y concepto. Además, ello nos introduce en el que considero el segundo sesgo analítico tradicional y decisivo de Florencia Peyrou.

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1.2. La carencia de una noción de discurso y de una forma no tradicional de analizarlo.

          El análisis y explicación de la polisemia de los conceptos es en sí un campo muy interesante de investigación, pero si nuestro objetivo es trascender el estudio de los conceptos hacia el de las identidades, los discursos y, sobre todo, la articulación de los agentes históricos y de sus prácticas sociales, entonces se torna completamente necesario desarrollar aún más la reflexión teórico-metodológica. Se torna ineludible asumir una noción clara y no tradicional del discurso y de la forma de analizarlo. Tras el llamado giro lingüístico, el análisis del lenguaje, de los conceptos, de los símbolos y de todo aquello que media –limitando y al mismo tiempo habilitando– en la percepción que el sujeto tiene de sí mismo y del mundo en el que vive se ha convertido en ineludible, pero prestando atención prioritaria a las tramas o redes articuladas, ya que los conceptos se articulan y definen en la práctica de forma relacional en el marco de redes de significados.

         El concepto de discurso es uno de lo que más éxito ha tenido a la hora de referirse y abordar analíticamente las tramas de significado que median en la percepción y construcción de la realidad. Desde muchos campos y disciplinas se han desarrollado nociones complejas del discurso o trama de significados y de la forma de analizarlo, cuya genealogía es imposible abordar aquí, pero sí que se puede reseñar que la noción de trama o estructura de categorías articulada relacional y metanarrativamente, que he asumido y desarrollado en mis trabajos, constituye no sólo el núcleo teórico y metodológico del nuevo paradigma de análisis lingüístico y cultural, sino también un recurso metodológico insustituible para acceder analíticamente a las identidades y, con ello, a los agentes históricos y a sus prácticas sociales.

           La idea de que los conceptos son entidades polisémicas, que conforman sus significados relacionalmente, nos muestra no sólo la absoluta necesidad de desarrollar la ya mencionada diferenciación entre palabra y concepto, sino que también nos marca el recorrido teórico-metodológico que hemos de seguir para trascender el análisis de la polisemia hacia el análisis de los significados concretos que los conceptos tienen en una coyuntura y para unos agentes históricos concretos. Ahí se enraíza la importancia de, una vez superada la literalidad analítica, fijar la atención del análisis en la trama a partir de la reconstrucción de la metanarrativa que lo articula, ya que ello nos permitirá observar y jerarquizarlas interacciones semánticas entre las categorías del discurso y, con ello, comprender la forma en la que se han fijado los significados.

          No se trata, por tanto, como realiza Peyrou, de observar y seleccionar los términos que utilizan literalmente de forma común diversos sujetos y proceder después a situar esos términos comunes como eje de una supuesta trama de significado, sino que se trata de realizar análisis hermenéuticos e intensivos de las cadenas y tramas de significado subyacentes a lo que los sujetos expresan de forma explícita. Si no se asume realmente la diferenciación entre palabra y concepto y no se tiene una noción clara de qué son las tramas de significado y de la forma de analizarlas, las investigaciones a lo más que pueden llegar es a establecer un elenco de ideas que, argumentativamente, se pueden presentar de forma encadenada y acompañadas de citas probatorias entresacadas sobre la base de la selección previa –en las fuentes– de aquellos términos utilizados de forma común por los agentes.

         El análisis que realiza Peyrou del discurso demócrata republicano, entre 1848 y 1868, se estructura a partir de esa metodología basada en la literalidad y en la sustitución de la red de significados por acumulaciones o agregados de ideas sacadas de las fuentes en función de su validez para demostrar la tesis asumida a priori de la existencia de un único, aunque internamente diverso, discurso demócrata republicano (11). No hay en su trabajo, por el contrario, el necesario análisis intensivo y relacional de conceptos, símbolos, narraciones, representaciones, estereotipos, imaginarios… ni tampoco un análisis de la estructura y proceso de articulación de los discursos. Con ello no son sólo los discursos y los conceptos los que se están malinterpretando, sino que también se caerá en posteriores interpretaciones erróneas de los procesos de articulación identitaria y cultural de los agentes históricos, así como –lo que probablemente sea más importante para la funcionalidad social de la Historia como Ciencia– en la interpretación errónea de su agencia social y de sus prácticas concretas, de la lógica que articuló sus interacciones con los demás agentes históricos y del carácter de las hegemonías e instituciones sociales, políticas, económicas y culturales que se impusieron a partir de tales interacciones.

          Las características espaciales de este texto nos obligan a dejar para mejor ocasión la exposición de los numerosos ejemplos que al respecto se pueden extraer de los trabajos de Florencia Peyrou, pero creo que, por el momento, resultará mucho más productivo detenernos, aunque sea brevemente, sólo en un ejemplo que nos permitirá, por un lado, observar las diferencias analíticas e interpretativas a las que conducen dos planteamientos tan diversos y, por otro lado, encadenar explicativamente este subapartado con el anterior dedicado a la no diferenciación entre palabra y concepto. Durante la década de 1860, e incluso aún en 1873, cualquiera de los llamados republicanos podía suscribir el siguiente lema para un manifiesto, mitin, etc.: la revolución democrática convertirá en una verdad los derechos naturales al instaurar una República democrática federal. Un análisis literal y tradicional de los discursos y movilizaciones afirmaría que todos los que suscribían ese lema compartían el mismo discurso y por tanto eran demócrata-republicanos integrantes de un mismo movimiento o partido, mientras que a partir de unanálisis relacional de los significados y de las metanarrativas articuladoras de los discursos e identidades se puede trascender la literalidad de lo dicho y reconstruir qué significados subyacían.

          El ejemplo no está arbitrariamente elegido, ya que en torno a ese lema u otros muy similares se desarrollaron mítines y manifiestos durante el Sexenio –y si quitamos el término federal podemos extenderlo hasta más de una década atrás. ¿Qué redes de significado subyacían a lo expresado literalmente? Reduciendo a unas pocas líneas los cientos de páginas en los que he analizado y expuesto el asunto, se puede afirmar que para los demoliberales individualistas se trataba de que el Estado-nación en su conjunto avanzase –bajo la guía y mando meritocráticos de los más capaces– políticamente hacia la democracia liberal y económicamente hacia el librecambismo, estableciendo la mera igualdad jurídico-política sobre la base de la sociedad pre-democrática heredada, especialmente en lo referente al sistema y reparto vigentes de la propiedad.

          Para los demosocialistas el lema implicaba la revolución política y social que emanciparía física, moral e intelectualmente a los individuos mediante el arrumbamiento progresivo del Estado-nación moderno –por el impulso y acción participativa directa de los ciudadanos concretos en sus comunas autónomas– en pro de una sociedad que, en lo político, se orientaría hacia desarrollo de cada individuo como ciudadano y hacia la anarquía y que, en lo económico, se basaría en la cooperación, la desmonetarización y el intercambio directo de productos, el crédito gratuito y la solidaridad asistencial. Para los socialistas jacobinos el lema, por el contrario, significaba la revolución necesariamente armada y justiciera que, bajo el mando de una vanguardia revolucionaria agrupada en una sociedad secreta, invertiría las relaciones de poder entre los estereotipos de su imaginario social: el pueblo obrero –como un ser colectivo viviente cuyo cerebro y sistema nervioso fuesen un puñado de revolucionarios– no sólo sometería y juzgaría a todas las oligarquías, sino que implantaría un sistema en el que la soberanía correspondiese al colectivo y en el que el individuo fuese secundario y, llegado el caso, hasta sacrificable por el bien común.

        Incluso en esta exposición reduccionista, que he llevado a cabo de mis propias interpretaciones, se pueden observar las diferentes metanarrativas que articularon diversas tramas de significación, la acusada polisemia de los conceptos que se camuflaban bajo términos comunes, los diversos e incluso antagónicos imaginarios sociales, narraciones y proyectos de futuro, las diversas identidades que emanaban de las tramas de significado o la diversidad de agencia social que estructuró las prácticas de los que asumieron uno u otro discurso. Como he afirmado en otros trabajos, la inicial trama discursiva republicana se estructuró, durante las décadas de 1840 y 1850, en torno a la categoría neojacobina y demócrata-humanitarista de pueblo y a una narración providencialista neocristiana de su devenir, mientras que desde fines de la década de 1850 se produce la desconstrucción consciente de esa trama en pro de al menos tres nuevas redes de significado: la demosocialista en torno al concepto de individuo-ciudadano autónomo y a una narración centrada en la emancipación de los individuos a través de la demolición del propio Estado moderno, la demoliberal en torno al concepto idealista de nación y a la narración providencialista tocquevilleana de la revolución democrática, y la socialista jacobina que refunde la anterior trama neojacobina en torno al concepto de pueblo obrero.

           Recientemente, Florencia Peyrou ha citado en uno de sus trabajos una serie de referencias teóricas, entre las que destaca, para lo que nos ocupa en este subapartado, su asunción teórica de una noción de discurso muy diferente a la que de facto ha desarrollado en toda su investigación hasta la fecha (12). Se trata de una deriva reflexiva y teórica inédita en sus trabajos anteriores y muy interesante, que tiende a concordar con lo que yo vengo desarrollando y aplicando desde hace una década al estudio de la cultura y la movilización revolucionarias populares del siglo XIX. No obstante, esta nueva perspectiva teórica no tiene desarrollo historiográfico real por parte de Peyrou en sus nuevos trabajos porque, de una parte, falta su plasmación en una metodología y una práctica analíticas acordes con lo que se dice defender teóricamente y, por otra parte, una serie de citas teóricas referenciales no pueden ser el sustitutivo de una clarificación teórica –reflexiva y apegada al objeto y objetivos de su estudio– de las categorías que se van a utilizar en la investigación enraizándolas epistemológicamente. Si bien resulta interesante la deriva que Peyrou trata de emprender, a mi juicio probablemente la va a obligar a revisar su propia tesis doctoral tanto en lo referente a sus planteamientos y análisis como en el terreno de las interpretaciones, ya que una transformación tan radical en los fundamentos teórico-metodológicos de la investigación ha de suponer, por fuerza, un cambio real de paradigma y, por ello, una transformación del análisis e interpretaciones anteriores.

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1.3. El politicismo y el esencialismo apriorístico en la concepción de los agentes históricos de tradición republicana.

    Otro de los mayores problemas teóricos que lastran analítica e interpretativamente el trabajo de Peyrou es su carencia de reflexión inicial sobre los agentes históricos. Ello sitúa a la autora de facto en una concepción politicista y esencialista tradicionales que, al enfrentarse a la realidad histórica y a las fuentes, trata de ser matizada continuamente hacia la pluralidad y la heterogeneidad. En el paradigma tradicional de la Historia política y del pensamiento los colectivos institucionalizados, como partidos, sindicatos o determinadas asociaciones bien organizadas y delimitadas, constituían una suerte de unidades con esencias (pensamiento, formas de organización y de acción características…) fijas y cuya vida el investigador debía desentrañar y explicar. Con el paso del tiempo y la suma de reflexiones y revisiones teóricas postfuncionalistas, la heterogeneidad fue ganando peso frente a la unidad en los análisis, de manera que ya no se tendía a seleccionar sólo aquello que unía y constituía la esencia, sino que también se prestaba atención a lo diverso y a lo conflictivo.

        Sin embargo, a pesar de prestar mayor atención a la heterogeneidad, el esencialismo y el politicismo han persistido, en muchos trabajos historiográficos, como sesgos apriorísticos a la hora de concebir a los agentes históricos y, por ello, siguen estructurando la racionalidad práctica analítica de algunos investigadores, los cuales, casi siempre por carecer de una perspectiva teórica reflexiva, conservan de forma casi inconsciente el sentido común analítico tradicional que impulsa a la búsqueda de las esencias y al mantenimiento apriorístico del abanico de agentes históricos concretos –principalmente partidos políticos– que, en su día, fijaron importantes estudios de Historia política y del pensamiento. En este sentido es obvio que resulta mucho más sencillo utilizar, desde el comienzo de las investigaciones y a la hora de hacer interpretaciones, los agentes históricos que fueron fijados hace tiempo y que, de una forma fluída y –lo que es más importante para un investigador neófito– aceptada, protagonizan los estudios de referencia que leemos.

          Sin embargo, actualmente los impulsos provenientes de los nuevos análisis sociales y culturales, de los teóricos de la movilización social y la acción colectiva, de los estudios de género, etc. han derivado en la redefinición estructural del paradigma de análisis de la articulación discursiva y cultural de los agentes históricos y de su movilización (13), de manera que es la construcción cultural de los agentes históricos como unidad –nunca cerrada completamente– lo que hay que comprender y explicar, no lo que le viene dado de antemano a los historiadores. Además, la articulación de los agentes históricos no se produce sólo a través de partidos políticos u organizaciones bien delimitadas, sino que los llamados movimientos sociales han pasado a constituir agentes políticos de primera magnitud para el análisis sociológico, politológico e histórico (14). Por ello, en lo que respecta al análisis del fenómeno republicano decimonónico español es necesario abandonar la concepción apriorística del republicanismo como unidad y, sobre todo, es ineludible dotarse de herramientas teóricas y metodológicas –que trasciendan el sesgo politicista en la concepción de los agentes– si se quiere afrontar su interpretación conforme a los parámetros que las Ciencias Sociales y la Historia reflexiva marcan en torno al análisis de la formación y movilización de los colectivos sociales con agencia.

          El sesgo analítico, al que conduce la no desconstrucción reflexiva inicial del sentido común historiográfico tradicional esencialista y politicista en torno al republicanismo decimonónico, marca la investigación de Florencia Peyrou de forma tan determinante como lo hacen la no diferenciación entre palabra y concepto o la no asimilación teórica y desarrollo analítico de una noción de discurso, ya que la reflexión teórica conjunta sobre los conceptos de cultura política, movilización social y prácticas sociales está igualmente ausente en sus planteamientos, a pesar de constituir el nervio central del nuevo paradigma de análisis de los agentes históricos. Nuevamente, como en el caso del discurso, sólo encontramos algunas citas referenciales que no constituyen el punto de partida o la guía de una verdadera reflexión teórico-metodológica.

      Todo ello lastra notablemente su investigación y llena de confusión su narración de la formación del movimiento republicano. Nos habla de republicanos –incluso respecto a momentos históricos previos a aquellos para los que acepta la conformación de una identidad y movimiento republicanos– y en ningún momento sabemos si se refiere a colectivos articulados y con agencia, a denominaciones analíticas similares a las de los cuasi-grupos sociológicos o a agentes históricos tradicionales cuya existencia da por obvia y respecto a los cuales, por tanto, no siente la necesidad de explicar su articulación y movilización. Como en el caso del análisis del discurso, dejamos para mejor ocasión los numerosos ejemplos que pueden extraerse al respecto y reseñamos de forma breve solamente uno que pueda ejemplificar lo que afirmamos.

       Peyrou niega categóricamente la existencia de una identidad colectiva o nosotros republicano bien delimitada en el Trienio 1840-1843, así como la existencia de una cultura política y de un movimiento republicano. Sin embargo, por otra parte defiende, para ese mismo momento, la existencia de un discurso republicano bien conformado y, como ya he afirmado, denomina explícitamente a determinados periódicos y colectivos como republicanos. En este marco, Peyrou abre el debate al afirmar:

“la inexistencia, sobre todo durante los primeros momentos de su aparición pero también en su desarrollo posterior, de un movimiento democrático/republicano monolítico y bien delimitado, y claramente diferenciado del liberalismo radical e incluso del progresismo (…) Por ello no puedo compartir la apreciación de R. Miguel según la cual a partir de 1840 se generaría ‘una identidad colectiva o Nosotros republicano plenamente diferenciado no sólo del liberalismo progresista, sino incluso de la vieja comunión liberal española nacida con el doceañismo’ (…) la contundente defensa por parte de los republicanos de la república federal no debe llevar a engaño. No existía aún un partido claramente definido (…) Pese a todo, si bien no se logró constituir un partido bien definido, el republicanismo fue capaz de configurar algunos espacios organizativos o plataformas de actuación con un sello propio.” (15)

          En primer lugar, se observa claramente el uso confuso, por parte de Peyrou, de las nociones de partido y movimiento, lo cual, junto al hecho de que, a su entender, no existe una identidad colectiva republicana porque no existe un movimiento o partido monolítico y bien delimitado, la sitúan claramente en un paradigma tradicional de análisis. No ha asumido teórica y metodológicamente la nueva manera de entender la articulación cultural de los agentes históricos, ni tampoco la redefinición del abanico de colectivos con agencia social. Su concepción del partido-movimiento como monolítico y bien delimitado la sitúan igualmente muy lejos de la nueva concepción de los agentes históricos como colectivos identitaria y discursivamente nunca suturados y en continua rearticulación.

        No obstante, hay otras dos cuestiones aún más importantes. Por un lado, ¿qué son los republicanos o el republicanismo, a los que se refiere explícitamente, si no existe una identidad y un movimiento republicanos? Ésta es la ya mencionada confusión decisiva entre agente histórico articulado, cuasi-grupo y agente histórico prefijado de antemano: continuamente se mueve de forma confusa entre cuasi-grupos y colectivos realmente articulados y con agencia (liberalismo avanzado, demorepublicanos…) sin especificar a qué se está refiriendo –en realidad no siente la necesidad de clarificarlo–, sembrando una gran confusión interpretativa y narrativa. Por otro lado, también afirma que ese republicanismo, indefinido como agente, fue “capaz de configurar algunos espacios organizativos o plataformas de actuación con sello propio”, con lo que a ese colectivo –a su entender no constituido y sin identidad colectiva– le está reconociendo agencia social (capaz de configurar) e incluso una organización flexible y carente de institucionalización.

         En realidad, el análisis de las fuentes ha llevado a Peyrou a describir de forma modélica lo que constituye, conforme al nuevo paradigma de análisis, un movimiento social y a dotarlo de agencia social al tiempo que niega su existencia y su identidad colectiva, cuando es precisamente la existencia de identidad lo que más define la articulación de un colectivo y la base de su agencia social. Los errores analíticos e interpretativos se suceden en esta línea –desbaratando lo que se intuye como un laborioso trabajo de consulta de fuentes– hasta que, ya durante la década de 1850, puede recomponer el esencialismo y politicismo tradicionales en torno al Partido Demócrata, momento en el que los sesgos se plasman de otra manera para reafirmar la concepción unívoca del fenómeno republicano frente a la articulación de discursos e identidades diversas.

           Un error en la identificación de la existencia del colectivo republicano (o de otro) con agencia social es decisivo no tanto a efectos de las categorizaciones sobre las que se construye nuestro conocimiento histórico, sino que lo es, sobre todo, por los sesgos interpretativos que conlleva al analizar las prácticas del colectivo concreto y la lógica articuladora del conjunto del espacio social en el que se movilizó. En este sentido, las prácticas del incipiente movimiento republicano del Trienio 1840-1843 fueron importantes –y por ello es necesario reconstruir adecuadamente su articulación, agencia y prácticas sociales–, pero probablemente no fueron tan decisivas como para cambiar radicalmente la actual interpretación historiográfica de la lógica articuladora del espacio social español del Trienio Esparterista, así como el carácter y definición que esa coyuntura tiene en las tramas narrativas de la actual Historia Contemporánea de España, pero errores interpretativos de ese calibre sí que han sido decisivos para equivocar y sesgar de forma importante la interpretación historiográfica de otros períodos históricos, como el Sexenio o la República de 1873.

        En posteriores trabajos espero retomar la reflexión teórica crítica en este punto no sólo para explicar el uso que Peyrou hace del concepto de cultura política y por qué no es capaz de diferenciar entre la realización de taxonomías socio-culturales y la reconstrucción de la articulación cultural de agentes –consecuencia lógica de sus sesgos en la concepción de los conceptos, los discursos y los agentes–, sino también para extender constructivamente la teorización hacia categorías analíticas, como magma cultural o tradición,  que me parecen muy importantes para el desarrollo del nuevo paradigma de análisis de los agentes históricos y de sus prácticas.

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1.4. El sesgo cronológico.

        Uno de los aspectos que muestran más claramente, aunque de forma implícita, la ubicación de Florencia Peyrou en el paradigma tradicional de análisis politicista y esencialista de los agentes históricos es la delimitación cronológica que impone a su investigación cerrándola en 1868. En esa fecha no se ha producido todavía el momento álgido y decisivo (Sexenio democrático) en el proceso histórico de articulación cultural de los movimientos y culturas políticas de tradición republicana histórica, sino que lo que se produce en 1868 es la finiquitación del Partido Demócrata. Es obvio, por tanto, que si lo que se busca es la interpretación de la articulación cultural unitaria o plural de agentes históricos de tradición republicana, el arco cronológico de la investigación debe abarcar, cuando menos, hasta el periodo clave de 1873 o incluso hasta la década de 1890, pero de ninguna manera se puede ensayar adecuadamente una interpretación general del fenómeno republicano histórico o de la articulación de culturas políticas de tradición republicana cerrando el análisis en 1868.

a

1.5. Conclusión. De los sesgos teórico-metodológicos a las limitaciones interpretativas y dialógicas.

          Debido a los sesgos teórico-metodológicos mencionados, la práctica analítica real de Florencia Peyrou está marcada por el intuitivismo y en ocasiones por cierta improvisación, lo que no realiza en el vacío, sino sobre la base de categorías y prácticas analíticas heredadas de enfoques tradicionales y que constituyen lastres apriorísticos decisivos para su laborioso trabajo de investigación. Ello la lleva a utilizar lo que podríamos denominar categorías para-teóricas –por su carencia de definición y de ubicación epistemológica y teórica en un enfoque analítico explícito o, al menos, coherente– de procedencias muy diversas y que se entrecruzan de forma confusa.

       No niego la validez en sí de todas esas categorías que utiliza analítica e interpretativamente, sino su carencia de fundamentación teórico-metodológica reflexiva, lo que la lleva a un uso confuso –e incluso antagónico en ocasiones– y a caer de facto en una forma tradicional de entender y analizar los discursos, conceptos y culturas políticas, aunque remozándolo en ocasiones con una terminología –de entre la mucha que utiliza– similar a la de los nuevos paradigmas de análisis, como es el caso del concepto de cultura política (16), el cual, junto a los conceptos de discurso, matrices conceptuales, universo o magma, se entrecruza con otros como ideales, principios, ideología, corpus ideológico, modelo, sensibilidades políticas, doctrinas, filiaciones doctrinales

          No obstante, probablemente lo más importante –porque impide la sinergia y limita demasiado la dialéctica entre nuestros trabajos– es la diferencia paradigmática que separa nuestras respectivas investigaciones. El objetivo de mi trabajo no es, como parece creer Peyrou, la taxonomización de las culturas políticas a modo de tipos ideales o de corrientes de pensamiento de tradición republicana, sino reconstruir la formación discursivo-cultural de agentes históricos –que no tienen por qué ser monolíticos ni bien delimitados– y comprender su agencia social para poder interpretar sus prácticas concretas y el rol que jugaron en la demolición definitiva del Antiguo Régimen y en la construcción de un Nuevo Régimen español. La aspiración inicial de Peyrou no parece haber sido la de preguntarse, como en mi caso, por la necesaria revisión del análisis e interpretación de la formación y prácticas de los agentes históricos españoles del s. XIX situados en lo que se denomina republicanismo histórico, sino que su objetivo era llenar un hueco que se consideraba vacío en la historiografía tradicional y, por ello, parte de objetivos, categorías y métodos propios de la historia política tradicional (17).

           Nuestros trabajos parecen tener objetivos y paradigmas diversos y, por ello, es muy posible que mientras Peyrou –a la que destaco principalmente por haber realizado importantes trabajos y por haber entablado ella explícitamente el debate– no desarrolle los nuevos postulados teóricos, que afirma defender, en una metodología de análisis clara y, como consecuencia, en unas interpretaciones de los discursos y culturas políticas republicanas (o de la cultura política única republicana), seguramente va a ser muy difícil profundizar el debate sin caer en lo que Thomas Kuhn denominó inconmensurabilidad entre paradigmas (18).

          Los trabajos de Peyrou historiográficamente aportan, a mi juicio, cuestiones realmente importantes referentes a la reflexión sobre la ciudadanía, las sociedades secretas de la década de 1830 o, entre otras cuestiones, las narraciones de los sucesos de Barcelona en 1842-1843 y de la actividad del Partido Demócrata durante el Bienio Progresista –y debo añadir que personalmente me resultan muy beneficiosos porque me impulsan a la reflexión–, pero no están pensados ni articulados desde el inicio para poder abordar, desde el nuevo paradigma de análisis de la articulación discursivo-cultural de los agentes históricos colectivos, una interpretación general de las culturas políticas y movimientos republicanos históricos debido, entre otras razones, a sesgos teórico-metodológicos –que limitan inevitablemente el recorrido de sus análisis e interpretaciones– y a la compartimentación cronológica bastante arbitraria del fenómeno que aspira a interpretar.

                                                                     

Notas.

(5) Es necesario, no obstante, realizar una precisión. Peyrou limita su análisis al periodo comprendido entre la década de 1830 y 1868, mientras que Javier De Diego lo circunscribe al periodo 1874-1908. Como veremos más adelante, es muy reseñable que ninguno de los dos se ocupe del momento más importante, durante el Sexenio y la Primera República, en cuanto a los procesos de articulación y movilización de agentes históricos dentro del llamado republicanismo histórico. También es muy reseñable el hecho de que Florencia Peyrou sostiene la tesis unitarista hasta 1868, pero afirma “la clara fragmentació que tingué lloc sota la Restauració en la diversitat de discursos [republicanos]”, lo que constituye una tesis claramente antagónica a la defendida por Javier De Diego y, por ello, abre un nuevo y enriquecedor frente en el debate. La cita en Florencia Peyrou, “¿Harmonia en la discòrdia?…”, p. 30.

(6) La noción analítica de sentido común se estructuró en la antropología interpretativista geertziana y, posteriormente, ha sido desarrollada por los filósofos y sociólogos posestructuralistas, como Gilles Deleuze o Pierre Bourdieu, desde donde ha penetrado en los estudios interdisciplinares de sociología, antropología e historia culturales a través, principalmente, de la concepción del sentido práctico desarrollada por el propio Bourdieu. Para Clifford Geertz, el sentido común tiene unas propiedades características que ocultan su carácter de constructo cultural, de manera que su verdadero carácter histórico, social y contingente queda enmascarado bajo las características de la naturalidad, la practicidad, la transparencia, la asistematicidad y la accesibilidad. Textos claves al respecto Clifford Geertz, Conocimiento local. Ensayos sobre interpretación de las culturas. Barcelona, 1994, pp. 93-116; Gilles Deleuze, Lógica del sentido. Barcelona, 2005; Pierre Bourdieu, Razones Prácticas. Sobre la Teoría de la Acción. Barcelona, 1997; Ann Swidler, “La cultura en acción: símbolos y estrategias”, Zona Abierta, 77/78 (1996-1997), pp. 127-162.

(7) Reinhart Koselleck, Futuro pasado. Para una semántica de los tiempos históricos. Barcelona, 1993, p. 43.

(8) Florencia Peyrou, “¿Harmonia en la discòrdia?…”, p. 22.

(9) El caso de Garrido es especial porque, tras la muerte de Sixto Cámara en 1859, la derrota del insurreccionalismo neocarbonario en 1861 y su posterior estancia en Rochadle estudiando el asociacionismo cooperativista, transforma completamente su discurso en sentido demosocialista. Al respecto Román Miguel, La Pasión Revolucionaria…, pp. 150-162, 177-179, 208-209.

(10) He elegido el concepto de federalismo como ejemplo porque en torno a él manifiesta nuevamente esta autora la inexistencia, por su parte, de un análisis intensivo y relacional de los conceptos, lo que la lleva a no percibir las diferencias e incluso antagonismos semánticos entre los diversos conceptos de federalismo –que se mueven entre la descentralización administrativa de corte tocquevilleano y el neocontractualismo republicano con aspiración a la anarquía– que se manejaban y, por ello, a afirmar que “Així, doncs, els projectes que, en aquest aspecte, van defensar tots aquests sectors eren similars i derivaven, en bona mesura, de la descripció de la federació nordamericana difosa per Tocqueville a Europa -durant un temps, l’única cosa que se’n va conèixer-, el qual va traduir el complex mecanisme introduït per la Constitució de 1787 per la fòrmula ‘centralització governativa i descentralització administrativa’”. Florencia Peyrou, “¿Harmonia en la discòrdia?…”, p. 23.

(11) Puede comprobarse en diversos trabajos, pero especialmente, por ser el texto matriz de los demás, en Florencia Peyrou, Tribunos del Pueblo, pp. 107-160.

(12) En Florencia Peyrou, “El discurso de la Democracia”, Ayeres en discusión. Temas claves de Historia Contemporánea hoy. IX Congreso de la Asociación de Historia Contemporánea. Murcia, 2008, p. 3, nota 8, se puede leer: “El  discurso  se  concibe  aquí  como  una ‘configuración  estructurada  de  relaciones  entre  conceptos  que están  conectados  entre  sí’” y, al respecto, se cita como referencia a Miguel Ángel Cabrera Acosta, Historia, Lenguaje y Teoría de la Sociedad. Madrid, 2001.

(13) De gran relevancia al respecto son, entre otros muchos, trabajos como Joan W. Scott, “La experiencia como prueba” en N. Carbonell y M. Torras (eds.), Feminismos literarios. Madrid, 1999, pp. 77-112; Id., “El eco de la fantasía: la historia y la construcción de la identidad” en Ayer, 62 (2006), pp. 111-138; Doug McAdam, “Cultura y movimientos sociales”, E. Laraña y J. Gusfield (eds.), Los nuevos movimientos sociales. De la ideología a la identidad. Madrid, 1994, pp. 43-68; Manuel Pérez Ledesma, “‘Cuando lleguen los días de la cólera’ (Movimientos sociales, teoría e Historia)”, Zona Abierta, 69 (1994), pp. 51-120; Mª Luz Morán, “Sociedad, Cultura y Política: continuidad y novedad en el análisis cultural”, Zona Abierta, 77/78 (1996-1997), pp. 1-30; Sidney Tarrow, El poder en movimiento. Los movimientos sociales, la acción colectiva y la política. Madrid, 1997; Rafael Cruz, “La cultura regresa a primer plano”, R. Cruz y M. Pérez Ledesma (eds.): Cultura y movilización en la España contemporánea. Madrid, 1997, pp. 13-34; Manuel Pérez Ledesma, “La formación de la clase obrera: una creación cultural”, R. Cruz y M. Pérez Ledesma (eds.): Cultura y movilización…, pp. 201-233; Carlos Forcadell, “La Historia social, de la ‘clase’ a la ‘identidad’”, E. Hernández Sandoica y A. Langa (eds.), Sobre la Historia actual. Entre Política y Cultura. Madrid, 2005, pp. 15-36. Muchas son las raíces que pueden atribuirse al nuevo análisis cultural de los agentes históricos, pero, sin duda, entre ellas debe ocupar un lugar importante Edward P. Thompson, La formación histórica de la clase obrera. Inglaterra, 1780-1832. Barcelona, 1977; Id., Tradición, revuelta y consciencia de clase. Barcelona, 1979; Id., Costumbres en común. Barcelona, 1990.

(14) Sobre la concepción científico-social del movimiento social –como actor político de primer nivel a pesar de su escasa estructuración– es importante la lectura de algunos trabajos contenidos en la nota anterior, además de otros como Marisa Revilla, “El concepto de movimiento social: acción, identidad y sentido”, Zona Abierta, 69 (1994); Mª Luisa Ramos, “De la dimensión política de los movimientos sociales: algunos problemas conceptuales”, Revista Española de Investigaciones Sociológicas; 79 (1997), pp. 247-263; Alessandro Melucci, “Asumir un compromiso: identidad y movilización en los movimientos sociales”, Zona Abierta, 69 (1994), pp. 153-180.

(15) Florencia Peyrou, Tribunos del Pueblo, pp. 39 y 59-60.

(16) Respecto al concepto de cultura política supone lo que Miguel Ángel Cabrera viene a definir como la transmutación de análisis tradicionales de las ideas e idearios en análisis de las culturas políticas sin asumir ni los fundamentos teóricos ni el recorrido analítico que éste conlleva. Miguel Ángel Cabrera, “Cultura política e Historia”, texto del Seminario de la Red temática Historia cultural de la Política. Zaragoza, 5-6-2009. Agradezco al autor el haberme permitido leer este trabajo aún inédito.

(17) En Florencia Peyrou, Tribunos del Pueblo, pp. 15-16, se puede percibir claramente que es de Demetrio Castro de quien parece tomar los objetivos y algunos de los sesgos tradicionales que lastran su trabajo.

(18) Thomas Kuhn, La Estructura de las Revoluciones Científicas. Madrid, 1975.

Román Miguel González

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