El debate sobre el republicanismo histórico español y las culturas políticas. (03)

[Continuación del artículo “El debate sobre el republicanismo histórico español y las culturas políticas” publicado en Historia Social, 69 (2011)]

2. La cultura política republicana de la Restauración Borbónica: reflexión crítica sobre el trabajo de Javier De Diego.

         Muy diferente parecía, en principio, el trabajo de Javier De Diego. La lectura de su interesante artículo en la revista Ayer proporciona una visión de su investigación muy diferente de la que, posteriormente, se desprende de su libro Imaginar la República (19). El autor afirma partir de un enfoque politológico interpretativista de análisis de la cultura política y, al respecto, realiza una interesante exposición de la genealogía de dicho análisis –siempre sin salir del marco de la Ciencia Política– desde los planteamientos behavioristas clásicos hasta los enfoques postfuncionalistas de tendencia interpretativista. En función de esta clarificación teórica del análisis de la cultura política, De Diego propone un marco general de interdisciplinariedad Historia/Politología para el análisis político-cultural y trata de desarrollar un análisis de la cultura política del republicanismo entre 1874 y 1908. Al respecto, nuestra reflexión crítica abordará, en primer lugar, el enfoque interpretativista de este autor –en el marco de la interdisciplinariedad actual de la Historia con la Filosofía y las Ciencias Sociales y Humanas– para, en segundo lugar, analizar su concreto desarrollo metodológico, analítico e interpretativo.

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2.1. El enfoque interpretativista y la interdisciplinariedad entre Historia y Ciencia Política.

            Una de las cuestiones que más llama la atención del trabajo de De Diego es que se trata de una investigación histórica realizada desde planteamientos explícitamente politológicos, tomando como referencia teórico-metodológica la renovación interpretativista que los estudios científico-políticos postfuncionalistas han desarrollado del análisis de la cultura política. Y ello a pesar de que, como reconoce el propio De Diego (20), la Politología no haya estado, en las últimas décadas, a la vanguardia en el desarrollo de enfoques interpretativistas debido a la impermeabilidad que ha demostrado frente al posmodernismo y la crítica cultural, de modo que las reflexiones más interesantes sobre el análisis de la cultura política han procedido de campos y disciplinas adyacentes.

        A mi juicio, cultura, política y cultura política son, en la actualidad, conceptos analíticos ampliamente usados en Historia y otras Ciencias Sociales y Humanas. Por ello, el desarrollo teórico y práctico de tales conceptos no debe tomar como referencia prioritaria una corriente politológica concreta –que ni siquiera ocupa un puesto en la vanguardia de la reflexión teórica del análisis político-cultural desde hace décadas–, del mismo modo que no puede constreñirse el desarrollo teórico y práctico de la hermenéutica o del análisis del discurso a una determinada corriente filosófica o científico-social en exclusiva. Por ello, el desarrollo teórico y metodológico del concepto de cultura política es actualmente inseparable de la clarificación teórica del análisis de los agentes históricos y, por ello, la reflexión sobre las culturas políticas es, a día de hoy, inseparable de la reflexión que sobre el lenguaje, los discursos, las culturas, las identidades, la agencia social, la acción colectiva, la movilización e interacción sociales… se está desarrollando en campos muy diversos como la nueva Historia, el análisis del discurso de la Psicología social critica, los estudios posestructuralistas de género, el nuevo análisis cultural, la politología postmarxista, los enfoques de la identidad en el análisis de la movilización social y de la acción colectiva, etc.

        Además, la tradición hermenéutica histórica ya ha dotado a muchos historiadores de bases sólidas para el desarrollo de un enfoque interpretativista o hermenéutico y, también desde hace tiempo, se ha asimilado teórica y analíticamente no sólo el concepto de cultura política, sino también, entre otros, los ya citados de discurso, movilización o agencia social como parte de un recorrido complejo, pero necesario, de renovación de la Historia política y cultural, proceso del cual además, como veremos, no puede marginarse a la Historia social. En el análisis cultural, político y social, por tanto, y en la adopción de nuevos paradigmas y enfoques teórico-metodológicos interpretativistas o neo-hermenéuticos, la Ciencia Histórica, tras la crisis que ha atravesado durante décadas, lleva ya mucho camino andado y ha adquirido la madurez suficiente como para trascender los meros alardes teóricos escolásticos y descontextualizados –carentes luego de plasmación analítica real– en favor del desarrollo sistemático de formas de análisis metodológicamente rigurosas respecto al nuevo paradigma epistemológico de las Ciencias Sociales y Humanas y a los resultantes enfoques teóricos neohermenéuticos.

           Por ello, a mi juicio, no puede afirmarse, como hace De Diego (21), que actualmente el historiador español esté necesitado de que el politólogo le adiestre en autoconciencia y reflexividad o en cómo analizar la cultura, la política y la cultura política. Es posible que haya aún estudios históricos tradicionales que prácticamente equiparan pensamiento y cultura política, pero una lectura más atenta de una parte de la historiografía política, cultural y social española más reciente no deja lugar a dudas sobre cuál es el recorrido pasado, presente y futuro de la Historiografía contemporaneísta en España y cuál es el nivel de reflexividad y apertura interdisciplinar que está alcanzando un grupo de historiadores españoles en el análisis político-cultural.

       Por tanto, la interdisciplinariedad Historia/Ciencia Política, que nos propone De Diego como base del análisis político-cultural interpretativista, está en realidad muy superada tanto por las relaciones multidisciplinares que los historiadores mantienen hoy en día –y que vienen manteniendo desde hace décadas– con el resto de las Ciencias Sociales y Humanas, como por la propia tradición historiográfica hermenéutica. Esto me parece especialmente claro no sólo, como veremos en el próximo apartado, en todo lo relativo a la falta de profundidad hermenéutica del análisis que De Diego realiza de los conceptos, discursos y agentes, sino sobre todo en la propia concepción que maneja de lo que debe ser un enfoque interpretativista enraizado en la nueva Teoría del Conocimiento.

            De Diego califica de interpretacionismo idealista al enfoque que prima el significado para el analista respecto al significado para los participantes, mientras que el interpretacionismo contextualista primaría exactamente lo contrario. Podemos compartir en parte esa premisa, pero de ninguna manera aceptarla sin una matización, ya que la forma en la que De Diego la entiende y práctica de facto es en realidad anti-hermenéutica. Para él, tal premisa implica la huida de interpretaciones presentistas desde las categorías del investigador y, por ello, la necesidad de analizar los discursos y culturas políticas exclusivamente desde las categorías de los propios agentes históricos. Pero ¿Cómo llegar a ellas? ¿Somos capaces de un nivel de objetividad que nos libere de prejuicios?

        La tradición hermenéutica histórica muestra que es precisamente el dotarse reflexivamente de categorías lo que permite despojarnos de los prejuicios acientíficos y anticientíficos que todos los investigadores, como seres humanos que somos, llevamos con nosotros a modo de tamiz a la hora de analizar y comprender la realidad (22). Siempre interpretamos la realidad pasada o presente desde nuestras categorías personales y no comprender esto implica no comprender ni asumir el nuevo paradigma hermenéutico que, tras los giros lingüístico y cultural, estructura epistemológicamente los enfoques interpretativistas en las Ciencias Sociales y Humanas. Lo que podemos hacer, conforme a la tradición hermenéutica y teórica reflexiva, es desarrollar una selección verdaderamente científica del tamiz que aplicaremos a la investigación, ya que la reflexión teórica es lo que permite –si está enraizada epistemológicamente, apegada al objeto de estudio y orientada al desarrollo de una metodología y praxis analítica rigurosas– trascender científicamente la ineludible mediación cognoscitiva a la que se enfrenta el investigador y, al mismo tiempo, acceder a los significados que subyacían a las palabras, frases y prácticas de los agentes históricos.

         Despojarse de esa reflexión inicial y de la auto-dotación de categorías teórico-metodológicas lleva siempre, de facto, a la asunción de prejuicios heredados de la tradición historiográfica, politológica… y a la introducción de sesgos decisivos, ya que jamás percibimos y comprendemos desde el vacío. Es por ello por lo que los nuevos enfoques hermenéuticos hacen hincapié precisamente en categorías teórico-metodológicas como la de conceptos (entidades polisémicas y relacionales) o la de discursos (tramas de significados articuladas metanarrativamente de forma relacional), junto a otras como culturas políticas, agencia social, espacio social, articulación, hegemonía, sentido común, sentido práctico, metanarrativa o imaginario, como forma de superar la interpretación de los discursos y agentes del pasado en función de categorías acientíficas propias de los historiadores del presente.

         Por ello, renunciar o sesgar tal perspectiva reflexiva y realizar, como veremos que ha llevado a cabo De Diego, el análisis de los agentes y de los discursos centrándose en la literalidad de lo expresado y cayendo en apriorismos en la concepción del agente y de su cultura constituye precisamente una metodología acrítica que prima de facto la interpretación de los discursos y de los agentes desde categorías –casi siempre inconscientemente asumidas de la tradición historiográfica, politológica, etc.– que no sólo pertenecen al propio investigador, sino que han sido puestas en práctica analítica sin pasar por un verdadero filtro reflexivo científico.

         Importante es también, al respecto, que De Diego aplica el apelativo idealista a la historiografía española sobre las culturas políticas republicanas porque, a su juicio, caería en ese error debido a que nombra a las culturas políticas desde categorías del propio historiador. A continuación, de forma errónea, califica de construcción típico-ideal a toda cultura política que, a su juicio, haya sido nominada de esa forma y concluye que el investigador ha construido esa cultura política con sus propios conceptos y no con los que utilizaron los agentes (23). Lo primero que cabe señalar, al respecto, es que una cultura política es mucho más que su denominación y, además, que para emitir juicios –sobre si se trata de una construcción típico-ideal o bien de la reconstrucción del proceso de articulación cultural de un agente histórico– hay que analizar el planteamiento teórico de cada autor y su desarrollo metodológico y analítico concreto, así como la forma en la que se ha dado nombre a las culturas políticas, cuestiones todas ellas que en ningún momento realiza De Diego. En segundo lugar, como mostraremos, es, por el contrario, la investigación de De Diego la que cae en sesgos apriorísticos y en una praxis analítica que, por su completa y sorprendente desconexión con el enfoque teórico interpretativista del que dice partir, se sitúa claramente en el paradigma tradicional de análisis de la política y del pensamiento.

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2.2.  Los sesgos teórico-metodológicos y analíticos que devalúan su enfoque interpretativista de la cultura política.

          A mi entender, un enfoque interpretativista de la cultura política debe asumir y poner en práctica, cuando menos, una noción polisémica de los conceptos y una noción neohermenéutica del discurso como trama de significados relacionalmente articulada. Si algo permite –y prescribe– un enfoque hermenéutico de ese tenor es ir interpretativamente más allá de lo que los propios actores dijeron explícitamente de sí mismos y de los demás, que es precisamente lo que en ningún momento consigue De Diego. En su análisis, la atención exclusiva a la literalidad de lo expresado por los agentes, la selección apriorística y arbitraria de los temas-problema a analizar, la carencia de un análisis hermenéutico del discurso, así como la concepción apriorística del propio agente republicano y de su discurso o la carencia del análisis de las prácticas sociales, le llevan a la incapacidad para desarrollar un análisis –enraizado reflexivamente en la vanguardia interdisciplinar de las Ciencias Sociales y Humanas– de la construcción cultural de los agentes históricos concretos que realmente se articularon y movilizaron.

           Al igual que Florencia Peyrou, De Diego en ocasiones es consciente de la naturaleza polisémica de los conceptos, pero no asume analíticamente de forma plena la diferenciación entre palabra y concepto y, por ello, no consigue trascender la literalidad de lo expresado por los agentes. Los argumentos e ideas expresados explícitamente por los agentes constituyen su objeto de análisis y, por ello, de una manera bastante similar a Florencia Peyrou, aunque más sistemática, selecciona sus frases y citas para utilizarlos a modo de argumento de autoridad probatorio. Ello le lleva a no percibir la conformación semántica relacional de los conceptos ni el contenido concreto con que cada agente les dota, dando en multitud de ocasiones por obvio que se está utilizando el mismo concepto por el mero hecho de que se utiliza un mismo término.

        Tampoco posee una noción posestructuralista o wittgensteiniana del discurso, por lo que no concibe las redes en sí, ni su articulación, ni siquiera el hecho de que los conceptos están insertos en ellas. También de forma similar a Peyrou realiza una encadenación de ideas o argumentos que utiliza, analítica e interpretativamente, como sustitutivo de las tramas de significados articuladas. De este modo es como el concepto de cultura política, que maneja De Diego, se convierte, a pesar de su teorización inicial, en una transmutación del ideario, pensamiento… de los tradicionales análisis históricos y politológicos del pensamiento político. En este punto es en el que, además, la atención a la literalidad de lo expresado por los autores es también transmutada en un supuesto análisis del discurso de los agentes en base a sus propias categorías, dando una apariencia de interpretacionismo contextualista a lo que, en realidad, es un análisis tradicional de las ideas desde categorías apriorísticas que aporta el propio historiador.

           ¿Cuáles son esos anclajes apriorísticos? En primer lugar, la concepción del agente histórico republicano. En este punto su apriorismo es mucho más acusado que el de Peyrou por cuanto se da absolutamente por obvia y sabida su existencia de antemano. En ningún momento, como reclaman Scott y otros investigadores que se enmarcan en el nuevo paradigma, se plantea ni aborda la construcción cultural de la cultura política y movimiento republicano únicos como objetivo de análisis, sino que al dar por obvia –de sentido común historiográfico– la existencia de un agente y de una cultura política republicanos puede obviar también todas las cuestiones referentes a la teoría de la acción, a la movilización social y al propio proceso de articulación discursiva e identitaria. Al concebir apriorísticamente al republicanismo como agente histórico con una cultura política propia y unitaria –aunque internamente heterogénea– puede saltarse la reconstrucción del propio proceso de articulación de la trama y centrarse únicamente en analizar sus contenidos. Para De Diego es obvio y de sentido común que existe tal trama o estructura discursiva –o cultura política– republicana a priori del mismo modo que le parece obvio que existe un movimiento republicano único. De este modo, la existencia, carácter y estructura de la trama discursiva republicana se convierten en un segundo anclaje apriorístico y, por ello, sólo analiza temas-ideas concretos –organizados en capítulos y apartados– que presenta como pertenecientes a esa red discursiva y cuyo significado compartido da también por obvio.

         Esto se puede percibir claramente si observamos la estructura organizativa y argumentativa de su trabajo principal: Imaginar la República. El libro se organiza en capítulos y apartados temáticos en función de los contenidos que a priori se han seleccionado como constitutivos de la cultura política republicana, sin que se preste atención al propio proceso de articulación discursiva. Por otra parte, la estructura argumentativa, al igual que la organización del libro, no se orienta a mostrar el análisis y proceso de construcción y articulación de discursos, identidades y culturas políticas, sino que se trata de una argumentación demostrativa de una verdad o axioma fijados de antemano. Al efecto se exponen, prácticamente en cada apartado, los argumentos seleccionados de un puñado de líderes de los movimientos republicanos (Castelar, Azcárate, Pi y Margall, Salmerón, Ruiz Zorrilla…). Dejamos, por motivos de espacio, para mejor ocasión una importante reflexión, al respecto, sobre el papel de los estudios de la cultura popular y, en general, de la tradición de análisis histórico social y socio-cultural en la conformación de los parámetros del nuevo análisis cultural de los agentes históricos (24).

            No obstante, es necesario analizar, aunque sea brevemente, la forma en la que De Diego ha realizado la selección de los contenidos de la cultura política republicana que analiza, ya que nos muestran muy claramente su apriorismo y que, en realidad, estamos ante un análisis tradicional del pensamiento político. A la hora de explicar cómo ha realizado la selección afirma que:

“no hay [una] serie trascendental de problemas fundamentales a estudiar al margen de la Historia. Contrariamente, lo que habría serían respuestas variables a las inquietudes y desafíos sentidos por los agentes en el momento y en las circunstancias particulares en que vivieron. Los seis problemas que conforman el núcleo de esta investigación –capítulos dos a siete: República y Monarquía, ciudadanía, Estado, nación, cuestión religiosa y noción de política– han sido seleccionados siguiendo este criterio”. (25)

          La selección no se basa, en realidad, en las inquietudes y desafíos sentidos por los agentes, ya que para acceder a ellos se debería haber reconstruido primero la metanarrativa articuladora de la trama discursiva y los imaginarios sociales, los narraciones del pasado, el presente y el futuro, los estereotipos y representaciones sociales, los símbolos e imágenes… que contenía. Sus preocupaciones, inquietudes, desafíos… se nos muestran exclusivamente durante y, sobre todo, al final del análisis porque sólo podemos conocerlos bajo la luz de los discursos, culturas políticas y agencia social reconstruidas desde un enfoque realmente hermenéutico, por lo que no pueden constituir el criterio para delimitar a priori los temas a analizar. ¿Cómo se han seleccionado, entonces, los contenidos temáticos que atribuye apriorísticamente a la cultura política republicana y, sobre todo, qué son? Se adoptan selectivamente (26) a partir del elenco de temas y sub-temas que más han preocupado a la historiografía del republicanismo durante las últimas décadas (anticlericalismo, nacionalismo…), junto a preocupaciones que tradicionalmente han caracterizado al análisis politológico (Estado, ciudadanía…), todo lo cual constituye el sustitutivo de los contenidos simbólicos y conceptuales relacionalmente articulados que conformaban los imaginarios, estereotipos, representaciones, narraciones… de los discursos y culturas políticas republicanos.

           Dejamos también, por motivos de espacio, para mejor ocasión la reflexión sobre cómo la carencia de análisis de las prácticas sesga el propio análisis del discurso y de la cultura política, pero sí que quisiera referirme brevemente al sesgo cronológico que contiene la investigación de De Diego. En su trabajo pasan prácticamente inadvertidas las investigaciones sobre el republicanismo histórico previas a 1874, a pesar de que durante el Sexenio y, sobre todo, la República de 1873 se produce el clímax de la articulación cultural y movilización social del republicanismo histórico. Del mismo modo, al delimitar su investigación hasta 1908 no concluye el análisis de la transformación completa de las culturas políticas republicanas entre 1890 y 1912. Al igual que en el caso de Peyrou, la fragmentación del análisis de un agente histórico y una cultura política en base a criterios históricos externos al propio agente constituye un sesgo determinante en cuanto a las limitaciones y lastres que se imponen decisivamente a la interpretación.

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3. Conclusiones generales.

            Respecto al republicanismo histórico y las culturas políticas no sería, a mi juicio, científicamente productivo debatir sobre supuestas o reales taxonomías o sobre la existencia de una o varias culturas políticas, sino que el valor científico-histórico se halla en centrar la cuestión en la articulación discursivo-cultural y movilización social y política de agentes históricos de tradición republicana durante el siglo XIX. De ese modo podremos dilucidar qué agentes históricos colectivos concretos se movilizaron y cuáles fueron el sentido de sus prácticas y el rol que desempeñaron en procesos históricos de gran calado, pero sobre todo podremos aportar con el debate algo de valor al conjunto de la Historiografía contemporaneísta española en su proceso de renovación. Por ello, constituye una cuestión decisiva –y previa a la confrontación de interpretaciones– la clarificación de los planteamientos teóricos y desarrollos analíticos de cada uno en función del marco epistemológico y teórico-metodológico actual de la investigación sobre agentes en las Ciencias Sociales y Humanas. Demasiadas veces se ha acusado de presentista o reduccionista a quien explicitaba su marco teórico, cuando precisamente es ese ejercicio reflexivo –independientemente del paradigma en el que nos ubiquemos y del marco teórico de referencia que adoptemos– el que abre el camino para superar científicamente la inconmensurabilidad entre paradigmas.

         Además, creo que sólo de esa forma se pueden sentar las bases para empeños colectivos sinérgicos y de mayor envergadura.  En ese sentido sí que el debate sobre el republicanismo histórico puede constituir una piedra de toque o laboratorio de pruebas desde el que comenzar a construir un planteamiento teórico-metodológico para analizar no sólo los agentes históricos y las culturas políticas que se articularon en la España contemporánea –trascendiendo el fenómeno republicano histórico hacia otros como el liberalismo, las derechas, los feminismos o, entre otros, el obrerismo clasista–, sino incluso para analizar las interacciones entre dichos agentes y para poder, posteriormente, interpretar la lógica que articuló el espacio social en el que se produjeron tales interacciones, así como las hegemonías resultantes en la definición del sentido común y de los parámetros económicos, sociales, políticos y culturales a partir de los que se construyó y reconstruyó la esfera pública española contemporánea.

          Al respecto, aparte de todo lo referente a la articulación cultural de los agentes históricos, queda mucho por reflexionar en torno a las prácticas sociales y su interpretación, pero parece claro y necesario extender el proceso de renovación teórico-metodológica desde el análisis del lenguaje y los discursos hacia el análisis social. Es en ese sentido en el que el concepto de cultura política –ya independizado plenamente de sus bases funcionalistas y politológicas de partida– puede constituir un auténtico filón para la Historiografía española del republicanismo, las derechas, los liberalismos… Sería, me parece, sumamente interesante continuar en el futuro los debates por este camino y evitar así confrontaciones que lleven a la inconmensurabilidad o a hegemonías interpretativas ajenas al proceso científico real.

                                                                           

Notas.

(19) Javier De Diego Romero, “El concepto de ‘cultura política’ en Ciencia Política y sus implicaciones para la Historia”, Ayer, 61 (2006), pp. 233-266; Id., Imaginar la República. La cultura política del republicanismo histórico español, 1876-1908. Madrid 2008.

(20) Javier De Diego, Imaginar la República…, p. 49.

(21) Javier De Diego, Imaginar la República…, p. 63.

(22) Diversas son las raíces sociológicas, filosóficas, historiográficas, etc. de la perspectiva reflexiva y hermenéutica, pero cabe resaltar, respecto a las cuestiones concretas que se tratan aquí, la historia efectual de Hans-Georg Gadamer, Verdad y Método. Fundamentos de una Hermenéutica Filosófica. Salamanca, 1984, matizada de forma muy lúcida por Juan José Carreras, “‘Bosques llenos de intérpretes ansiosos’ y H. G. Gadamer”, E. Hernández y A. Langa, Sobre la Historia actual…, pp. 205-228.

(23) Javier De Diego, Imaginar la República…, pp. 66-67.

(24) Quizás el lastre principal de la interdisciplinariedad Historia/Politología que propone De Diego sea el hecho de que obvia absolutamente la tradición de análisis histórico social y socio-cultural, lo que se plasma posteriormente en una práctica analítica que obvia por completo todo lo referente a las prácticas sociales. Analizar una cultura política no equivale a analizar un pensamiento precisamente porque, entre otras razones, ha existido una importante tradición de análisis social que ha desarrollado la concepción teórica de los agentes históricos como colectivos culturalmente construidos y que ha entrado con fuerza en el proceso de renovación paradigmática del análisis de la construcción y movilización de agentes históricos. Ya he citado algunas referencias al respecto, así como el enraizamiento en los trabajos de E. P. Thompson. Véase al respecto Stuart Hall, “Estudios Culturales: dos paradigmas”, Causas y Azares, 1, 1994). Sobre la necesidad de rehabilitar la importancia de la Historia Social en la conformación del nuevo paradigma, Geoff Eley y Keith Nield, “Volver a empezar: el presente, lo posmoderno y el momento de la Historia social”, Historia Social, 50 (2004), pp. 47-58; Geoff Eley, “Is All the World a Text? From Social History to the History of Society Two Decades Later”, T. McDonald, The Historic Turn in the Human Sciences. Michigan, 1996, pp. 193-243; Patrick Curry, “Towards a post-Marxist social history: Thompson, Clark and beyond”, A. Wilson (Ed.), Rethinking Social History. English Society 1570-1920 and its interpretation. Manchester, 1993, pp. 158-200; Patrick Joyce, “¿El final de la Historia Social?”, Historia Social, 50 (2004), pp. 25-45. Está fuera de toda posibilidad hacer un repaso siquiera breve a las corrientes y autores que, en otras disciplinas adyacentes a la Historia, desarrollan también el análisis del discurso y de la cultura de forma indisoluble al de la sociedad. Es el caso de la sociología cultural posestructuralista de Pierre Bourdieu o de la sociología de la formación de los conceptos de Margaret R. Somers, del análisis genealógico del poder de Michel Foucault, de la politología posmarxista de Chantal Mouffe y Ernesto Laclau o del análisis crítico del discurso de Teun Van Dijk, por citar sólo algunos ejemplos que han creado escuela. Sobre todo ello y sobre el actual ámbito interdisciplinar de la Ciencia Histórica –en el marco de sus tradiciones de análisis social y hermenéutico– me he ocupado en La Pasión Revolucionaria.

(25) Javier De Diego, Imaginar la República…, p. 64.

(26) En la selección hay incluso un fuerte componente de arbitrariedad al dejar fuera asuntos que la historiografía de los movimientos republicanos de la Restauración –y también de períodos históricos anteriores– ha considerado claves y, en ocasiones, desarrollado notablemente. Es imposible recoger aquí la multitud de referencias bibliográficas existentes respecto, por ejemplo, a la relación entre el fenómeno republicano y los fenómenos obrerista, socialista y anarquista, que no gozan de ninguna atención en el trabajo de De Diego y que, no obstante, son ineludibles en cualquier elenco de temas importantes relativos al republicanismo histórico y no digamos ya en un análisis de la articulación discursivo-cultural y la movilización de los agentes históricos de tradición republicana. Para las referencias bibliográficas remito a mis trabajos anteriormente citados, algunos de los cuales pueden ser consultados y descargados en https://enarasdeclio.wordpress.com/publicaciones/.

Román Miguel González.

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